SAN AGUSTIN Y EL TIEMPO
El futuro no existe, decía San Agustín: sólo existe el presente y en el presente, el presente del futuro. En los mercados de valores, “el futuro”, sin embargo, existe y es objeto de negociación. Véase como lo inexistente cobra existencia. Como objeto de acuerdo actual, el futuro representa necesariamente “una apuesta” (en primer lugar, la apuesta por que el futuro llegue realmente a existir, es decir, que no se acabe el mundo tal como lo conocemos). Esa apuesta ¿cómo surgió? Surgió de una necesidad real: la necesidad de comprar cosas que actualmente no existen (por ejemplo, la cosecha de aceituna del año que viene). Si tengo un molino, debo asegurar la capacidad de molturación con antelación, comprando ya hoy la cosecha de mañana. Lógicamente, hoy no tengo que pagártela entera, como tampoco tú tienes la aceituna. Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada. A ese dinero -escaso- con el que compro (tengo derecho a) toda una cosecha de aceituna, le vamos a llamar apalancamiento: porque como una palanca, me sirve para levantar (llevarme) algo muy valioso. Esas compras de futuro u opciones de compra, conforme pasa el tiempo, van adquiriendo un valor, pues el precio prefijado por el molinero y el agricultor, se va viendo barato o caro, conforme se acerca el día de pagarlo. Ese valor (previsible ganancia, previsible pérdida), es "el futuro". El futuro, así, ha llegado a existir en el presente, como algo que tiene un valor y que, por ello mismo, puede ser comprado o vendido. Si San Agustin levantar la cabeza...
